Una nariz muy especial
Dicen que a Julio César lo que más le gustaba de Cleopatra era su nariz, y que es muy posible que de haber tenido un apéndice nasal poco atractivo, jamás se habría fijado en ella… y por absurdo que parezca, eso podría haber cambiado el curso de la historia. Imaginemos por un momento que la reina de Egipto era un adefesio, que también hay quien dice que lo era, y supongamos que el emperador romano hubiera pasado de largo al verla, ¿qué habría pasado? Pues es muy posible que César hubiera cambiado toda la estrategia militar ideada por su mente privilegiada, gracias a la cual, creó un imperio. Quizá ni siquiera habría existido ese imperio, o quizá sí, pero de otra manera. En cualquier caso, las circunstancias habrían sido distintas, y también distintos los muertos en la lucha. Así, si arrastramos otros hecho y a otras personas, ni se escribiría la historia de la humanidad que todos conocemos, ni la escribiríamos nosotros. Para bien o para mal, el presente que vivimos es solo posible porque se ha construido sobre un pasado intocable, donde ni siquiera el hecho más insignificante puede cambiar, ni la persona más anónima desaparecer. Así de importante es cada ser humano. Yo me pregunto cómo habría sido la otra historia, la que ahora se escribiría si Cleopatra hubiera tenido una nariz diferente. Pero no creo que hubiera sido mejor, solo de otra manera. Además, ¿qué clase de humanidad puede permitirse prescindir de Leonardo da Vinci, de Velázquez, de Shakespeare, de Einstein, de Fleming o de Miguel de Cervantes? Aunque también se habrían librado de Nerón, de Atila, de Hitler o Stalin. Por ese motivo, si volvemos la mirada al pasado, que solo sea para aprender de él. Es la única forma de no cometer los mismos errores. Así no descuidaremos el presente y, si es posible, mejoraremos el futuro
martes, 26 de noviembre de 2013
lunes, 11 de noviembre de 2013
Desmontando "Lo que el viento se llevó"
Estos días se cumplen cien años del nacimiento de Vivien Leigh, la mítica actriz protagonista de la no menos mítica película Lo que el viento se llevó. En mi modesta opinión, no es ni mucho menos la mejor película de la historia del cine, hasta me atrevería a asegurar que ni siquiera se encuentra entre las diez más importantes. Sin embargo, no ha dejado de fascinar desde el día de su estreno allá por diciembre de 1.939. Desde entonces permanece en el pedestal de gloria cinematográfica por excelencia, y desde allí esparce su aura de leyenda alcanzado a todos aquellos que se han detenido al menos una vez en su vida a ver este drama amoroso marcado por la guerra de secesión norteamericana. ¿Por qué nos gusta tanto esta película? Para responder a esta pregunta, quizá habría que estudiar su historia, y no me refiero a la que se cuenta en la cinta, sino a cómo se gestó la criatura desde que solo era un proyecto hasta que vio la luz en un cine de Atlanta hace casi setenta y cinco años. En el verano de 1.936, se desata la fiebre literaria y dos fábricas trabajan veinticuatro horas al día imprimiendo ejemplares de la novela de Margaret Mitchell. En septiembre ya se habían vendido más de 330.000 ejemplares, y uno de ellos fue a parar a las manos del productor David Oliver Selznick, que cayó rendido ante la historia. Sin embargo, las dudas se agolpan en su cabeza: no sabe si podrá comprar los derechos. Pero lo que más le preocupa es encontrar al guionista que sea capaz de resumir las 1.037 páginas de la novela sin dañar la historia, al director capaz de reflejar las pasiones que en ella se relatan y, sobre todo, debía encontrar a los actores capaces de hacer realidad esas pasiones. Toda América idolatra la novela, por eso sabe que la película solo puede ser amada u odiada, así que cualquier fallo o mala elección puede inclinar la balanza en un sentido o en el otro, sin término medio. Selznick era uno de los productores más poderosos de Hollywood, pero su empresa no dependía de sus decisiones, aunque presiona al consejo de administración y logra el visto bueno para la compra de los derechos por 50.000 dólares, que la escritora acepta. Todas las grandes productoras se mantuvieron al margen del proyecto, con lo cual, estamos hablando de cine independiente. Así fue como empezó la gran aventura de Selznick, seguramente la mayor de su carrera. Desde el principio tuvo claro que el protagonista debía ser Clark Gable, y que el director solo podía ser su compadre George Cukor, gran director de actrices que no tenía rival. En cuanto al guionista, se debatió entre los dos únicos que consideraba a la altura: Ben Hecht y Sidney Howard, optando por el último. Sin embargo, ni productor ni guionista conseguían ponerse de acuerdo a la hora de hacer recortes y eliminar aquellas partes de la historia consideradas prescindibles, debido a la diferencia de criterios. Y este era solo uno de los problemas; otro muy grave fue que Gable se negó a ser el protagonista. Al actor le horrorizaba decepcionar a todos los millones de personas que ya se habían formado su propia imagen de Rhett Butler. Solo consiguió convencerlo cuando le ofreció pagarle una prima de 50.000 dólares que Gable necesitaba para pagar el divorcio y poder casarse con su amada Carole Lombard. Después estaba el departamento de vestuario -había que crear 5.500 trajes-, exteriores, decorados... hasta hacer que el presupuesto ascendiera hasta 2.500.000 dólares, cantidad que el productor tenía previsto invertir en todos los títulos que su empresa rodaría ese año. Y por último, quedaba otro problema que Selznick no consideraba demasiado importante, ¿quién sería Escarlata? Durante 1.938 fueron entrevistadas 1.400 intérpretes y 400 llegaron a ponerse delante de una cámara. Paulette Goddar fue una de ellas y estuvo muy cerca de ser la elegida. Otra de las favoritas fue Bette Davis, pero ya estaba comprometida y había iniciado el rodaje de Jezabel, película también de tintes sureños. También se pensó en Katharine Hepburm, pero no se la consideraba lo bastante sexi, aunque de todas formas fue requerida para hacerle una prueba. Sin embargo, la temperamental actriz se negó alegando que a una actriz consagrada no se le hacen pruebas y que la llamaran solo para darle el papel. Otras actrices que pasaron por los estudios fueron Joan Fontaine, Claudette Colbert, Lana Turner o Joan Craufor, pero Escarlata seguía sin aparecer. No hubo problemas para elegir al resto del reparto y en seguida se decidió que Leslie Howard sería Aslhey. El actor británico odiaba el personaje, y solo la promesa de Selznick permitiéndole participar en la producción de intermezzo, logró convencerle. Para el personaje de Melania se intentó hacer una prueba a Joan Fontaine, pero la actriz dijo que le dieran el papel a la tonta de su hermana, y efectivamente, la contratada fue Olivia de Havillad. Así comenzó la gran rivalidad entre las dos hermanas, que han vivido siempre enfrentadas y cuyo distanciamiento llega hasta nuestros días. Se dice que si aún viven, es porque ninguna de las dos quiere ser la primera en morirse. Llegó la fecha de iniciar el rodaje y aún no se había decidido quién interpretaría a Escarlata. Selznick estaba desesperado y se decidió a rodar la escena del incendio. Mucha gente de los alrededores creyó que el fuego era auténtico y llamó a los bomberos, provocando que todo se complicara, y allí, en medio de aquel caos, apareció Myron, el hermano de Selznick con una pareja de actores recién llegados de Inglaterra. La belleza de Vivien Leigh resplandecía a la luz de las llamas y así comenzó la leyenda. Su elección fue la más acertada, la mejor baza del productor, el pilar sobre el que se asentó el proyecto que iniciara aquel verano de 1.936, cuando decidió llevar a la pantalla la novela de Margaret Mitchell. Esto me lleva a creer que solo Selznick podía ser el productor, y que fueron sus decisiones inteligentes y acertadas las que lograron que Lo que el viento se llevó sea la película con más éxito de la historia del cine... aunque todo se puede mejorar. A mí, para empezar, no me gusta el título, que lo encuentro demasiado ñoño. Yo la habría titulado solamente Escarlata. Y sí, Vivien Leigh embrujó la cámara de Cukor, pero gracias a ese embrujo, pudo ocultar muchos errores de interpretación: demasiado expresiva en ocasiones, muy fría en otras, primeros planos donde sus gestos de niña mimosa no convencen en absoluto... El final de la película tampoco me gusta. Esa última escena de los dos, -Rhett, si te vas, ¿adónde iré yo? ¿Qué podré hacer? -Francamente, querida, eso no me importa. Puaf, un diálogo demasiado vulgar para una película épica. La realidad es que después de tantos años sigue despertando pasiones y jamás será indiferente a ninguna generación. El sacrificio que supuso para muchos de los que participaron en este proyecto no fue en vano. Sus vidas ya no volvieron a ser las mismas, en especial la de Vivien Leigh, que a pesar de haber llevado a cabo magníficas interpretaciones en otras películas, siempre se vieron ensombrecidas por su papel de Escarlata. Por otra parte, los celos profesionales de su marido Laurence Olivier, la hicieron muy desgraciada y acabaron con su matrimonio. Solo tenía cincuenta y tres años cuando murió. Escarlata sí supo enfrentarse a su destino, pero a Vivien Leigh se la llevó el viento.
domingo, 3 de noviembre de 2013
Día de visita
Juana la loca se negó a enterrar a su marido, fallecido en plena edad viril. La tercera hija de los Reyes Católicos vagó de pueblo en pueblo por los descampados de la meseta castellana, en un peregrinar nocturno y siempre llevando consigo el cuerpo muerto de su esposo, alumbrado por grandes hachones cuyas llamas oscilaban al viento mientras acampaba a cielo abierto, y ante la mirada atónita de todos aquellos que tuvieron ocasión de contemplar el macabro espectáculo. No había consuelo para ella y el dolor la llevó a la locura, y aunque nunca sería desposeída de sus títulos -reina propietaria de Castilla, Aragón, León, Nápoles y Sicilia-, su falta de razón fue la baza de la que se sirvió su hijo Carlos I para hundirla en el cautiverio durante más de medio siglo y ocupar su trono. Tal vez si a la reina Juana se le hubiera ocurrido pensar que aquel cuerpo junto al que vagaba ya no era su esposo, habría permitido su entierro y conservado la salud mental. Pero, ¿estamos en condiciones de juzgarla? ¿Es que no pecamos todos un poco de la misma locura? Nosotros enterramos a nuestros muertos por imposición legal y porque lo consideramos un deber cristiano. Sin embargo, ¿por qué vamos al cementerio si sabemos que allí no queda nada? No creo que nadie necesite ir para recordar a un ser querido, y se me ocurre que simplemente es una forma de consuelo. El dos de noviembre es el día de los difuntos, y son muchos los que aprovechan la festividad de Todos los Santos para llevar flores a los que se han ido y arreglar sus sepulturas. El cementerio no es extraño para nadie. Era apenas una adolescente cuando acompañaba a mi madre para poner unas flores sobre las tumbas de los abuelos. Siempre comprábamos un ramo de margaritas blancas en un puesto de la entrada, y caminábamos entre nichos alienados en bloques, entre losas viejas y gastadas diseminadas por la hierba, y entre panteones velados por imágenes de mármol; siempre en silencio y con cuidado, respetando el terreno de los muertos. Yo me detenía muchas veces a leer algunas de las inscripciones grabadas en la piedra: "A la memoria de mi amado hijo", " Tu esposa, hijos y nietos no te olvidan", " Siempre te recordaremos". Leía estas frases en ocasiones casi borradas por el desgaste del tiempo mientras pensaba en la persona que sepultaron bajo esa losa, y me preguntaba cómo abría sido su vida: si amó, sufrió o fue feliz. Ahora, soy yo quien va al cementerio a llevar flores a mis padres, y también me detengo a leer algunas inscripciones. La última vez, llamó especialmente mi atención una lápida reciente con la foto de la persona a la que habían dado sepultura. Se trataba de una joven muy hermosa y sentí una leve punzada de dolor. Y es que aunque la muerte siempre es triste, lo es mucho más cuando la persona tenía toda la vida por delante. Habían dejado un hermoso ramo de flores sobre su tumba con una tarjeta. Sé que no estuvo bien, pero fui incapaz de resistirme y moví un poco la pequeña cartulina para poder leerla. Decía, "Está siendo muy difícil vivir sin ti". Entonces dejé de pensar en ella para pensar en la persona que escribió esas palabras, y se me ocurre que la desgracia no es de los que mueren, sino de los que se quedan. Me quedo allí, pensando en esa persona mientras recuerdo algunos versos del poema de Miguel Hernandez "Elegía a Ramón y Sijé".
"No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mis desventuras y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida."
Después me dirigí despacio hacia la salida mientras dejaba atrás aque lugar para la piedra, para la tierra, para el polvo y... sí, también para el recuerdo, porque el olvido es la peor de las muertes.
jueves, 31 de octubre de 2013
El mayor deseo
Cuando tu vida se encuentra en las tempranas horas matinales, o sea, durante la infancia, la forma de tus deseos está más y mejor definida de lo que nunca volverá a estarlo. Los niños saben bien lo que quieren y lo expresan sin dejarse intimidar por posibles consecuencias. Y están tan seguros de lo que piden o exigen, que es imposible negociar con ellos. Nunca se van a conformar, en todo caso, acabaran aceptando la negativa de los mayores porque son conscientes de la desventaja de su situación. Sin embargo, a medida que nos vamos haciendo adultos, cada vez que experimentamos un deseo, un sinfín de dudas nos asaltan sin piedad consiguiendo que nuestra fuerza se debilite, y con ella también nuestro deseo, llevándonos en muchas ocasiones a desistir. Un niño, con el poder de un adulto, conseguiría que todos sus deseos se cumplieran. A todos nos han negado algo alguna vez, en muchas ocasiones, con la vaga excusa de que era por nuestro bien. Pero aquel viejo deseo incumplido, siempre será una espinita en el corazón.
UN VESTIDO DE ORGANDÍ AZUL
Cuando vivía el general todas las niñas éramos viejas, por esa razón nunca nos mirábamos al espejo. Así no necesitábamos poner resistencia al ladrón invisible de la injusticia que nos robaba la edad. Igual que, a pesar de los reiterados pronósticos de una vida sin transcendencia, tampoco nos resistíamos a la torcida invitación de la pobreza. Cuando vivía el general, las casas no tenían balcones y los geranios no podían asomarse a la calle. Solo tenían pequeñas ventanas de madera pintada de gris descolorido, obligadas a permanecer cerradas para que no saliera la oscuridad, lo que no impedía la entrada sin licencia al frío afilado del invierno. Cuando vivía el general, las costumbres se vendían a granel y duraban para siempre. Nadie se atrevía a cambiarlas. Por el contrario, se las respetaba, incluso se las adoraba como a un dios pagano; a cambio, nos aseguraban una vida inocua. Cuando vivía el general, las muchachas buscaban marido. Los buscaban en todas partes: en los caminos, bajo los puentes, sobre los tejados, en los patios, en los pasillos... Pasado el tiempo de la siembra, estos maridos se iban lejos y ellas hacían cola para tener niños con postillas que tiraban piedras a los perros. Y nos llenaban el aire con el olor impertinente de sus pucheros, y con sus risas excesivas que otras muchachas creían, porque después, ellas también buscaban marido. La calle donde vivía no tenía nombre de santo, ni de militar más propio para las avenidas. Tampoco de político reservado para otras calles principales, ni siquiera de artista, más utilizado en el barrio viejo. Y aun menos de conquistador, especialmente indicado para las plazas. La nuestra, era la calle de un tal Carlos Fernández Casado que nadie sabíamos quién era, y que después de muchos años, un día de casualidad, supe que se trataba de un ingeniero de caminos, distinguido por proyectar puentes basándose en no sé qué método. En el número cuarenta y cinco vivían Clara y su padre. Él era un hombre pequeño, que con voluntad y tristeza, trataba de construir con pocas y malas herramientas un mañana más venturoso que ofrecerle a la mujer que no tenía, la misma que se fue años atrás cansada de esperar ese mañana. Clara y yo éramos amigas. Las dos andábamos siempre juntas gastando el mismo pelaje y los mismos andares cuadriformes que nadie nos había enseñado. Lo que más nos gustaba era irnos hasta la estación del ferrocarril y ver llegar el tren. Clara escondía el deseo de ver regresar a su madre en uno de aquellos trenes cualquier día. Lo escondía sin saber que lo compartía conmigo, eso, y la resignación que insinuaban su mirada y su pequeña sonrisa cuando el tren se alejaba dejándola otra vez huérfana. En el treinta y ocho vivía con su hija un anciano menudo y gracioso al que se le acabó la vida antes que el tiempo, y al que le gustaba hacernos reír contándonos chistes del general. Un día, se sentó en la puerta de su casa a tomar el sol y se murió allí sentado sin que nadie lo advirtiera. Todos creyeron que estaba dormido y le olvidaron hasta la hora de la cena. Para entonces, el pobre viejo se había quedado hecho un cuatro debido al rigor mortis y no había forma de ponerlo derecho, así que hizo falta mucha fuerza para cerrar el ataúd… Una casa más arriba vivía una viuda con dos gatos tiñosos y desagradecidos, y un fantasma al que enseñó a espantar soledades. También recuerdo a Pedro, el muchacho algo retrasado que cuidaba vacas y hablaba con ellas porque eran los únicos seres que le escuchaban. Una tarde, Estrella, su favorita, se comió su chaleco de lana dejado sobre la hierba, y Pedro nunca más volvió a dirigirle la palabra. Al lado de la carpintería vivía una vieja de apariencia ridícula y echadora de cartas, que debido a los martillazos, se quejaba continuamente al carpintero. La vieja tenía mala fama en el vecindario porque se presentía una historia ilegal oculta en su memoria, por eso ningún vecino acudió nunca a su casa a pedirle que se inventara un futuro para él. Sí lo hacían las gentes de otros barrios cercanos, que esperaban durante horas en una habitación reducida y oscura el turno de su sentencia. Manuela vivía en el número veintitrés, en una casa pequeña siempre al borde del derrumbe. Ella cambiaba los muebles de sitio cada día porque le parecía que así cambiaba de casa, pero con ello, lo que de verdad pretendía cambiar, era su mala suerte. Manuela estaba enferma de derrota. Lo había perdido todo y, cada noche, antes de dormir, olvidaba los rezos para contar sus penas al revés con la esperanza de que se volvieran alegrías.
Una tarde, cuando caminaba por una calle que no era la mía, pasé delante de un escaparate donde un vestido de organdí azul, brillaba a través del cristal. Nadie me había prevenido contra la belleza y mis ojos se volvieron del revés. Después de esa tarde, me miraba cada media hora en el espejo, y me sentaba a esperar que me creciera el pelo, y quería abrir las ventanas, y adoptaba sueños huérfanos, vagos, sin futuro. Mi madre se preocupó tanto, que me regaba cada día con los mejores caldos. Pero eso no evitó que languideciera, que me desgastara y me volviera borrosa como la imagen de una foto antigua. Tiene mal de amores, dijo una vecina que estaba siempre asomada a la ventana. Y era cierto. Yo amaba aquel vestido. Lo amaba con toda mi alma joven, con todo mi corazón virgen y con toda mi voluntad recién aprendida. Cada tarde tenía una cita con él. Me paraba todos los días a la misma hora delante de aquel escaparate de sueños improbables, y el tiempo se paraba conmigo. Y lo miraba. Y él también me miraba. Ambos nos mirábamos sin tocarnos a través del muro de cristal. No me marchaba de aquel lugar hasta llenarme con la carga ligera de un júbilo engañoso e inservible, que me esforzaba en alargar hasta el día siguiente. Pero una de aquellas tardes el tiempo pasó de largo… ¡No estaba el vestido! Durante los días que siguieron, lloré su pérdida con lágrimas amarillas que me volvieron todavía más borrosa, tanto, que todos temieron que desapareciera. Y así pasaron tres semanas de intentos de renuncia, de aceptación definitiva de la realidad… hasta aquel mediodía del domingo de ramos. Los domingos eran siempre lentos, desconfiados, inseguros. Eran la insinuación de un tiempo soñado y prometido que caducaba antes de ser gastado. Nosotros preferíamos ignorarlos. Pero aquel no era un domingo cualquiera: era el domingo de ramos, y el mandamiento de la costumbre nos decía que debíamos estrenar la ropa de primavera. Yo estrené unas zapatillas rojas. Mi madre me las compró para no perderme en la luz –en la oscuridad todos somos invisibles–, y salí a la calle más creíble que otras veces. Paso a paso caminé sobre la tierra arenosa y húmeda con cuidado, en el intento de alargar lo novedoso de aquellas zapatillas delatoras, gritonas, que no tardarían en ser viejas. Llamé a la puerta de Clara y casi enseguida me abrió su padre con su tristeza habitual, y su repetida decepción al comprobar que otra vez no era la persona que esperaba. Me dijo que Clara hacía rato que se había ido. Me extrañó. Los domingos, al salir a la calle, se dirigía a mi casa antes que a ningún otro sitio. Siempre daba dos golpes tímidos sobre la madera vieja y siempre sabía que era ella, pero esta vez debió pasar frente a mi puerta sin detenerse. Bueno, me encogí de hombros y fui a buscarla. No fue necesario andar mucho porque allí, al final de la calle, estaba Clara y… llevaba puesto mi vestido de organdí azul. Entonces supe por qué no fue a buscarme. Yo le había hablado del vestido, de sus formas, de su brillo y de mi amor imposible por él. Un día, incluso la invité a verlo. No pareció gustarle. Solo lo miró unos segundos, insuficientes para recordarlo. Parecía una princesa que se hubiera equivocado de camino al regresar a palacio para encontrarse sin desearlo en un lugar impropio, fuera de los márgenes que limitaban su mundo conocido. En torno a ella se fue formando un círculo de caras: las de los niños con postillas, las de sus madres sin los maridos, las de Manuela, y Pedro, y la echadora de cartas, y el carpintero, y mi madre, y los otros que no he nombrado. Todos eran resucitados que exigían una explicación por habérseles despertado de su sueño eterno y mostrado una realidad que se habían propuesto mantener oculta. A partir de ese día no habría oportunidad para el engaño, ni espacio suficiente para tantas formas de mentira indispensables. Todos la miraban. Eran un puñado de ojos que miraban con odio la belleza, conscientes de que jamás podrían poseerla, pero tampoco renunciar a ella, y eso les condenaba a perseguirla de por vida. Yo, que hacía tiempo que había despertado y, por tanto, comenzado a cumplir mi condena –esta cadena perpetua de deseos incumplidos–, no sabía qué sentir por Clara. No sabía si odiarla o compadecerla, así que opté por ambos sentimientos, y durante un minuto la odiaba y al siguiente la compadecía. Me esforzaba en no alejarme de allí, en no abandonarla definitivamente a la justicia de aquellos seres a los que había arrojado a la cara su miseria. Sin embargo, después de unos cuantos minutos de odio y compasión, me hice retroceder, y los otros también retrocedieron, y regresamos a nuestras casas para refugiarnos, para avergonzarnos en secreto, para idear un plan. Y fuimos las presas fáciles de una vida desesperanzada y absurda. Éramos los hijos de la trampa, los condenados a mirar siempre de lejos la tierra prometida, los residentes en la calle Carlos Fernández Casado, por donde nunca pasa la buena suerte.
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Marga Guiberteau
domingo, 27 de octubre de 2013
El lado turbio.
Al parecer, poco importa lo que se diga de ciertas personas si hace ya tiempo que murieron. Durante años, muchos secretos permanecen ocultos por diversas razones. A veces de estado, a veces para perseverar la imagen que tenemos del personaje, otras veces por miedo a represalias, y otras, simplemente por vergüenza. Se cuenta que la historia sobre el tartamudeo del rey George VI de Inglaterra llevaba más de veinte años escrita, pero su esposa Isabel, más conocida como la reina madre, pidió que no se publicara hasta su muerte, y eso que solo se trataba de un simple tartamudeo. Ahora vamos a ponernos en el caso de revelar el contenido de numerosos archivos personales que contienen información sobre el lado más turbio de muchos personajes conocidos. Lo último que he leído al respecto, es un artículo que se publicó en el suplemento de un periódico hace más de un mes sobre Fred Otash. Dice de él que era el detective mejor informado de Hollywood y que trabajó a las órdenes de estrellas como Lana Turner, Judy Garland o Bette Davis. Y hasta es posible que fuera la última persona que escuchó respirar a Marilyn Monroe. Ahora, veintiún años después de su muerte, todos los expedientes celosamente guardados, ven la luz y siembran la polémica al contar secretos que los astros del cine jamás hubieran permitido que se revelasen... ni siquiera después de muertos. Este detective era tan carismático como los actores y actrices que espiaba, y hasta sirvió de inspiración para crear el personaje de investigador privado que Jack Nicholson interpretó en Chinatown. Otash hizo confidencias tan indiscretas como que en asuntos de alcoba, "Kennedy era un hombre de dos minutos", que Judy Garland guardaba un alijo de drogas en un agujero hecho en el colchón, que él colocó el puñal en la mano de la hija de Lana Turner para que la acusaran de la muerte del amante de su madre, que gracias a su sistema de vigilancia escuchó las conversaciones entre Rock Hudson y su esposa en las que ella le reprochaba su homosexualidad, y que a causa de los micrófonos colocados en casa de la actriz, pudo escuchar la fuerte discusión entre Marilyn, Lawford y Bobby Kennedy unas horas antes de que muriera. Y estas revelaciones podrían no ser las últimas. Esta clase de periodismo mueve miles de millones y yo me he preguntado muchas veces qué sentido tiene. ¿Por qué importa tanto la vida de los famosos? Primero los encumbramos y les damos la consideración de dioses, para después rebuscar entre sus vidas hasta descubrir que no lo son. Entonces, nos convertimos en jueces y verdugos y los expulsamos del Olimpo, unas veces a fuerza de sufrir críticas atroces, y otras sumergiéndolos en el más profundo de los olvidos. La cuestión es que nunca debemos olvidar que son solo personas que sufren la misma condena que el resto de los mortales: la búsqueda constante de la felicidad. Todos, desde el primer momento del día hasta el último, cada cosa que hacemos, es siempre tratando de ser feliz, aunque lo hagamos de manera inconsciente. Desde la ducha que nos relaja nada más levantarnos, pasando por el café del desayuno, la elección del vestuario, la música que escuchamos en el coche cuando nos dirigimos al trabajo, la idea de que tal vez hoy sea el día que le conozcas, la esperanza de que tu trabajo le guste a todos, la llamada que harás para hablar con esa persona que te necesita y decirle que todo saldrá bien... Y al final, llegar a casa, prepararte una cena ligera, sentarte en tu sillón favorito y ver esa película que tanto te gusta. Habrá sido solo un día más, como cualquier otro, como el de ayer. Pero otra vez, has perseguido el fantasma de la felicidad. Ese fantasma escurridizo que siempre vamos a perseguir con la esperanza de alcanzarlo antes o después. Ellos también lo persiguieron cada día, y así, Kennedy, tal vez creyó que lo encontraría entre los brazos de una mujer hermosa, Lana Turner junto al hombre equivocado, Judy Garland dentro de un tubo de pastillas, y Rock Hudson junto a algún jovencito que le permitiera ejercer su sexualidad sin juzgarlo. Pero eran dioses, y los dioses, al igual que la mujer del César, no solo deben ser decentes, también han de parecerlo. Y todavía hoy se les sigue juzgando, cuando ya ni siquiera están aquí para defenderse, olvidando en muchas ocasiones la labor que realizaron. Es injusto que cuando se habla de Kennedy, la mayoría de nosotros pensemos solo en su relación con la exuberante Marilyn, y olvidemos que ha sido uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos, y que junto a su hermano Bobby gobernó con mucha inteligencia el tiempo que se lo permitieron. Y hasta es muy posible que nos libraran de una tercera guerra mundial gracias al saber hacer de los dos hermanos durante la crisis de los misiles de Cuba. Recordemos que todos ellos nos han prestado un servicio de alguna manera, un servicio que bien pudo significar un momento feliz del día.
martes, 22 de octubre de 2013
Del mismo barro
Hoy me apetece publicar un fragmento de mi segunda novela "Del mismo Barro". ¿De qué trata? De sentimientos. En esta novela pretendo demostrar que las personas nos movemos a través de ellos, que están presentes en todos los actos de nuestra vida y que el tiempo no puede cambiarlos. Hace doscientos años, la madre que perdía un hijo sufría de la misma forma que la madre que lo pierde hoy. Sí vamos cambiando las personas y adaptamos los sentimientos a nuestro ritmo de vida, pero están en nosotros de igual forma, provocando las mismas sensaciones, influyendo en nuestras decisiones, dando forma al pedazo de barro que somos.
-Tú tienes algo, Dolores, algo que yo no puedo adivinarte, pero sé que lo tienes -dijo Justa sin dejar de machacar en el mortero.
La otra mujer no respondió. Siguió en silencio mientras fregaba con fuerza el caldero.
-A mí no me engañas. Cada vez que aprietas tanto el estropajo, sé que te pasa algo. ¿No ves mujer que ya son muchos años los que llevamos juntas?
Dolores se detuvo unos segundos. Parecía no saber qué decir o cómo decirlo, en realidad, parecía no saber si tenía algo que decir.
Anoche eran más de las once cuando vi al Vicente salir del cortijo, aunque la hora es lo de menos porque le gusta hacer una ronda antes de acostarse. Ya sabes como es, no puede dormir sin comprobar que todo está en orden. Pero como la noche se puso tan mala y tan oscura, me asomé a la puerta para ver si venía -hizo una pausa para respirar hondo antes de continuar. ¿Qué hacía mi marido en el cortijo a esas horas? Lo que tenga que despachar con la señora lo hace por la mañana.
Justa dejó de machacar para mirar a su compañera.
-Quizá tenía que tratar algún asunto con el señorito Alfredo.
-¿A las once de la noche? Las dos sabemos dónde está el señorito Alfredo a esas horas. Y aunque estuviera en casa, algo que dudo, no se mete en el despacho tan tarde para tratar asuntos de la finca con su capataz.
-También puede ser que tuviera que contarle algo urgente a doña Consuelo.
Dolores guardó silencio unos momentos y volvió a fregar el caldero con fuerza. Parecía que junto con la suciedad deseara arrancar también sus pensamientos, quizá por considerarlos igual de sucios.
-Me mintió, Justa. Cuando entró en casa, le pregunté porque había tardado tanto y me dijo que algunas ovejas se habían salido del redil.
Justa no sabía qué decirle, pero hay silencios que saben a desdicha y es bueno cortarlos de una vez.
-No se te habrá ocurrido pensar que tiene algo con la bruja...
Dolores levantó la cabeza para mirarla y la otra mujer vio que otra vez, después de mucho tiempo, volvía a estar triste.
-Muchas veces, durante estos ocho años, me he preguntado por qué fue tan fácil.
-¿El qué?
-Que le dieran al Vicente el puesto de capataz. Yo pensé que con suerte le darían algún trabajito en el finca, y eso si no lo denunciaban. Porque estoy segura de que enseguida sospecharon algo. Sin embargo, además de no denunciarlo, van y le dan el mejor puesto. Y fue cosa de ella, Justa, fue ella la que se anticipó a don Tomás y le dijo que estaba contratado.
La otra mujer no respondió. Siguió en silencio mientras fregaba con fuerza el caldero.
-A mí no me engañas. Cada vez que aprietas tanto el estropajo, sé que te pasa algo. ¿No ves mujer que ya son muchos años los que llevamos juntas?
Dolores se detuvo unos segundos. Parecía no saber qué decir o cómo decirlo, en realidad, parecía no saber si tenía algo que decir.
Anoche eran más de las once cuando vi al Vicente salir del cortijo, aunque la hora es lo de menos porque le gusta hacer una ronda antes de acostarse. Ya sabes como es, no puede dormir sin comprobar que todo está en orden. Pero como la noche se puso tan mala y tan oscura, me asomé a la puerta para ver si venía -hizo una pausa para respirar hondo antes de continuar. ¿Qué hacía mi marido en el cortijo a esas horas? Lo que tenga que despachar con la señora lo hace por la mañana.
Justa dejó de machacar para mirar a su compañera.
-Quizá tenía que tratar algún asunto con el señorito Alfredo.
-¿A las once de la noche? Las dos sabemos dónde está el señorito Alfredo a esas horas. Y aunque estuviera en casa, algo que dudo, no se mete en el despacho tan tarde para tratar asuntos de la finca con su capataz.
-También puede ser que tuviera que contarle algo urgente a doña Consuelo.
Dolores guardó silencio unos momentos y volvió a fregar el caldero con fuerza. Parecía que junto con la suciedad deseara arrancar también sus pensamientos, quizá por considerarlos igual de sucios.
-Me mintió, Justa. Cuando entró en casa, le pregunté porque había tardado tanto y me dijo que algunas ovejas se habían salido del redil.
Justa no sabía qué decirle, pero hay silencios que saben a desdicha y es bueno cortarlos de una vez.
-No se te habrá ocurrido pensar que tiene algo con la bruja...
Dolores levantó la cabeza para mirarla y la otra mujer vio que otra vez, después de mucho tiempo, volvía a estar triste.
-Muchas veces, durante estos ocho años, me he preguntado por qué fue tan fácil.
-¿El qué?
-Que le dieran al Vicente el puesto de capataz. Yo pensé que con suerte le darían algún trabajito en el finca, y eso si no lo denunciaban. Porque estoy segura de que enseguida sospecharon algo. Sin embargo, además de no denunciarlo, van y le dan el mejor puesto. Y fue cosa de ella, Justa, fue ella la que se anticipó a don Tomás y le dijo que estaba contratado.
La cocinera vertió el contenido del mortero en el puchero y se sentó junto a la mesa.
-Creo que deberías dejar que te descansara un poco la cabeza -dijo a modo de reprimenda, como si de ese modo restara importancia a las preocupaciones de su compañera.
Dolores se sentó a su lado y le cogió las manos.
-Nosotras somos amigas desde hace muchos años, y si tú supieras algo me lo dirías, ¿no es verdad?
-Pero si no hay nada que saber, alma cándida. Lo que a ti te pasa es que quieres mucho al Vicente, y cuando se quiere mucho a alguien, siempre se tiene miedo a perderlo.
Las dos mujeres quedaron en silencio mientras el final de la tarde las envolvía en un manto de penumbra. Para Dolores solo era una tarde más, para Justa, una menos.
-Eso es cierto. Nunca olvidaré la noche que lo encontré en la cuesta de las encinas, cansado y carcomido por la guerra. Entonces no podía imaginar cuánto iba a quererlo y todo lo feliz que seríamos a pesar de la tristeza que siempre nos rodea. Es verdad que tenemos nuestras cosas: las frioleras de la convivencia, como cualquiera. Pero cuando hay cariño, enseguida todo se arregla y una es feliz. Entonces, la cabeza parece que no se entera de las penas, y si no se entera la cabeza, el corazón tampoco se entera.
Mas silencio. Fuera, los últimos momentos de luz creaban su propia sinfonía, siempre la misma: el ruido que hace el viento suave al mover las ramas de los árboles con pereza fundido con el que hacen las bandadas de tordos que vuelan en dirección al horizonte si saber que nunca lo alcanzarán, el lamento de la tierra que las bestias castigan con sus pisadas, y las voces de unas cuantas almas que todavía tienen esperanza.
-Tú sabes, Justa, que yo soy fuerte y que siempre he podido con todo, porque cuando hay salud, una tira con su pellejo y sale adelante. Pero si el Vicente me engaña, se me romperá el corazón, y eso no es como un dolor de piernas que al rato se te pasa.
Justa se puso una mano en la frente como si fuera a tomarse la temperatura. Parecía cansada.
-Yo no creo que te engañe, pero no puedes vivir con esa duda porque te volverás loca. Tienes que hablar con él.
-¿Y crees que me lo diría?
-Es posible que al principio, con la sorpresa, lo negase. Pero si es cierto que anda con esa bruja, y por lo que yo conozco al Vicente, más tarde o más temprano, te dirá la verdad. Es lo que haría un hombre como es debido.
Dolores volvió a levantarse y de nuevo cogió el estropajo para continuar con su tarea. Justa la siguió con la mirada, pero guardó silencio. Estaba segura de que aún no lo había dicho todo.
-Yo también sé que más tarde o más temprano me diría la verdad, por eso me da tanto miedo preguntárselo.
-No puedo creer que el Vicente sea capaz de liarse con esa mujer. Me parece que los celos te están haciendo perder la razón -dijo Justa levantándose también, aunque tuvo que realizar un gran esfuerzo, como si necesitara tirar de su cuerpo.
-Quizá descubrió que mi marido luchó con los rojos y le hace chantaje, o tal vez no. Mi madre decía que hay mujeres que vuelven locos a los hombres.
-No creo que sea el caso, ¿tú has mirado bien a doña Consuelo?
Las dos rieron unos segundos y las tensiones perdieron fuerza.
-Sin embargo, hay que reconocer que tiene buena planta -dijo Dolores con voz cansada.
-Sí, y tres metros de raíces bajo tierra -añadió Justa logrando que las dos volvieran a reír.
-Estas cosas solo se te ocurren a ti. No tienes remedio.
-Pero cada vez se me ocurren menos. Una ya no tiene tantas ganas de risas como antes. ¿Te acuerdas de todo lo que nos reíamos cuando éramos jóvenes? Pero eso fue antes de la guerra, cuando todavía no teníamos penas ni estábamos tan cansadas. La vida es difícil para los que somos pobres, y el tiempo se pasa mientras se hace una vieja sin darse cuenta siquiera.
Las dos callaron durante un rato, cada una rumiando sus pensamientos.
-Ahora te toca a ti contármelo, Justa.
-¿El qué?
-Esa cosa que te pasa. Porque yo te conozco tanto como tú a mí, y sé que cuando machacas más de la cuenta en el mortero, es que algo te tiene en vilo.
Justa la miró con los ojos hendidos de tristeza.
-Enseguida te lo cuento -dijo al borde del llanto. -Pero antes voy a darle otra vuelta al puchero.
sábado, 19 de octubre de 2013
El intruso
Desde lejos vi cómo el semáforo se ponía en ámbar y aceleré, pero tras un breve cálculo mental, supe que no podría pasarlo y decidí frenar justo cuando se ponía en rojo. Los primeros días después de conseguir aprobar el carnet de conducir, me gustaba pararme en los semáforos porque me relajaba, pero con el tiempo, igual que le ocurre a casi todo el mundo, se fue convirtiendo en un inconveniente que muchas veces me pone de mal humor, en especial, cuando tengo prisa. Ayer había quedado con una amiga en una cafetería y llegaba tarde, algo imperdonable para mí que tanto valor concedo a la puntualidad. Por ese motivo, cuando tuve que detenerme en aquel dichoso semáforo, sentí que me llenaba de rabia y comencé a soltar una serie de tacos que nadie podía escuchar, pero que a mí me sirvieron de gran alivio. Después, ya más tranquila, giré la cabeza hacia un lado para distraerme mirando la gente que pasaba por la acera y una anciana llamó mi atención. Caminaba con dificultad y llevaba un bastón en una mano y una bolsa de la compra en la otra. Me dije que una persona tan anciana y limitada no debía andar sola por la calle y me pregunté por qué no la acompañaba alguien. Aunque tendemos a agruparnos, todos los seres humanos estamos solos ante la vida y ante la muerte. Incluso la persona que más y mejor te conoce, sabe muy poco de ti. Somos unos desconocidos los unos para los otros, y si no nos conocemos, estamos solos. Sin embargo, cuando se llega a la ancianidad, esta soledad que nos acompaña toda la vida, se recrudece y muchas de estas personas se entregan a ella mientras sienten que se les ha acabado el tiempo antes que la vida, y que ya no les queda otra cosa que esperar más que la muerte. Si conocéis a alguien en estas condiciones, alguien a quien ya se le ha acabado el tiempo, dadle un poco del vuestro para que su espera sea dulce y llevadera. Esta anciana que pasó junto a mi coche, me hizo recordar un relato que rescato de mi archivo y que expongo a continuación.
El ruido que hacía la lluvia al estrellarse contra el pavimento empedrado de la plaza, se mezclaba con el originado por el vertiginoso ir y venir de los vehículos. Llovía a cántaros y un viento furioso torcía los chorros que caían del cielo negro y espeso, convirtiéndolos en látigos que azotaban los rostros de los pocos que se atrevían a estar en la calle. No servían los paraguas porque el viento los volvía al menor descuido y ni siquiera era posible guarecerse en los soportales, invadidos también por el temporal. Toda la ciudad había sido tomada por los elementos como si un improvisado ejército la hubiera elegido para acampar. Poco a poco, se fueron apagado los ruidos y se encendieron las farolas. Los coches que aún circulaban eran cada vez menos, y los últimos caminantes se daban prisa por abandonar las calles en busca de un refugio donde sentirse calientes y secos. La plaza se quedó sola, sola con su kiosco de la música, sus árboles, sus balcones y el mosaico de su pavimento por donde corría el agua en todas direcciones. Entonces, un bulto que avanzaba despacio surgió de entre las sombras. Era una mujer pequeña, algo encorvada. Recogía su cabello blanco en un moño sobre la nuca y llevaba en una mano el paraguas, y en la otra, un bolso que apretaba contra el pecho como si temiera que alguien fuera a quitárselo, y que debía ser casi tan viejo como ella. Indiferente ante el temporal, siguió avanzando sin prisas hasta llegar al lugar de su destino. Una vez allí, empujó la enorme puerta de cristal y desapareció en el interior.
El pequeño hospital tenía vida propia. Las enfermeras, dentro de sus pulcros uniformes, caminaban de un lado para otro con decisión. Algunas empujaban un carrito repleto de instrumentos de tortura, otras, cargaban con las carpetas que contenían los expedientes de los enfermos. También las había que charlaban animadamente, conversación que interrumpían obligadas por el teléfono. El resto del personal, dormitaba delante de un pequeño televisor. Olía a desinfectante y a esperanza, y de cuando en cuando, algún enfermo envuelto en su bata, caminaba arrastrando los pies por el pasillo.
Una anciana que parecía perdida se dirigió al mostrador de la entrada y esperó con paciencia a que la atendieran, pero pasaron unos pocos minutos sin que nadie apareciera por allí. Cansada de esperar, gritó llamando a la enfermera, pero en su lugar apareció un hombre joven y alto que le sonrió con amabilidad. El celador no le pidió que explicara las razones de su visita, solo le dirigió una mirada fugaz al mismo tiempo que abría un cajón y sacaba un papel que después puso sobre el mostrador.
-Diga, señora: fecha de nacimiento.
-No lo sé.
El hombre la miró con cierta confusión.
-¿No sabe qué día nació?
La anciana bajó la cabeza avergonzada.
-No estoy segura. Mi madre decía que aquel día llovía mucho, tanto como hoy.
El celador sin saber qué decir se limitó a suspirar con paciencia. "Siempre me tocan a mí estos casos". Pensó.
-Oiga joven, ¿qué importa el día que yo nací? -preguntó la anciana mirándole fijamente con sus vivos ojos que no parecían haber envejecido.
-Es que tengo que rellenar este papel con sus datos antes de que el médico la examine.
La mujer frunció el entrecejo consiguiendo que su rostro pareciera aún más arrugado.
-¡Yo no estoy enferma! -exclamó golpeando la madera con el puño.
El hombre levantó la cabeza y la miró extrañado.
-Entonces, ¿por qué ha venido?
-Porque hay un intruso en mi casa que me hace la vida imposible. Le he dicho más de una vez que se vaya, pero no me escucha -explicó la anciana más calmada, pero solo consiguió que la confusión del hombre aumentara.
-Mire, señora: si un intruso se ha colado en su casa, debería ir a la policía; esto es un hospital.
-¡Ya lo sé! ¿Se piensa que soy idiota?
-Entonces...
-Entonces resulta que ya he ido a la policía y ellos me han dicho que venga para acá y hable con el médico.
Quedaron en silencio. El hombre la miró largamente al mismo tiempo que analizaba la situación, y decidió que lo mejor sería escucharla.
-El médico está viendo a otro paciente, pero si le parece bien, puede hablar conmigo mientras esperamos.
La anciana dudó unos segundos. El hombre no le inspiraba demasiada confianza.
-Está bien -dijo al fin a pesar de su recelo. -Le contaré lo que me ocurre.
La mujer respiró hondo y comenzó su relato.
-Ya le he dicho que hay alguien en mi casa viviendo sin mi permiso. Pues bien: se trata de un señor mayor. Tiene el cabello abundante y algo crecido, y un largo y fino bigote. Parece que se ha escapado de un retrato antiguo. Viste de uniforme, ¿sabes usted? La chaqueta es roja con botones dorados y el pantalón negro; parece uno de esos soldaditos de plomo. Es un traje muy bonito y le sienta divinamente, lo más seguro es que lo enterraran con él.
-Perdone, ¿qué ha dicho? -preguntó el hombre convencido de que no había escuchado bien.
La anciana lo miró con paciencia: No parecía muy espabilado.
-Le he dicho que lo más seguro es que lo enterraran con él -repitió despacio para asegurarse de que la entendía, y lo cierto es que comenzaba a entenderla.
-Ya, se trata de un fantasma.
-Naturalmente. Si estuviera vivo, ya me habría bastado yo solita para echarlo.
-Entiendo -dijo el hombre entre divertido y perplejo.
-Ya era hora, hijo mío. Mire joven, la cuestión es que desde que se coló en mi casa, no tengo paz: me cambia las cosas de sitio, me abre los grifos, me cierra las puertas y me esconde las llaves. Además, pasea continuamente por el salón y no me deja ver la tele porque dice que es un invento diabólico. Pero lo peor de todo es que nunca duerme, y pulula por mi habitación moviendo los frascos y los cristales de la lámpara para que me despierte. Y cuando le pregunto por qué no me deja dormir, se encoge de hombros y me dice que se aburre. ¿Qué le parece? ¿Cree que hay un remedio?
El celador se pasó ambas manos por la cabeza, como si de esa forma, tratara de ganar tiempo para pensar la respuesta.
-Verá... No se echa fácilmente a un fantasma, pero si le sirve de consuelo, le diré que vivir con uno es algo normal. Todos tenemos algún fantasma viviendo con nosotros.
La anciana abrió mucho los ojos.
-¿Es cierto lo que me dice? -preguntó sorprendida.
-Sí señora, puede estar segura. ¿Sabe cuál es la única solución?
El rostro de la mujer se iluminó.
-¿Cuál?
-Tratar de llevarse bien con él, así no la molestará tanto.
La anciana reflexionó unos segundos.
-¡Es cierto! -exclamó extrañada de que no se le hubiera ocurrido a ella. -No es usted tan tonto como parecía.
-Vaya, gracias -dijo el celador con una breve inclinación de cabeza.
-Ahora debo marcharme, se hace tarde y la noche está oscura.
-Es lo mejor.
El hombre se quedó allí, apoyado en el mostrador mientras la anciana se alejaba. Y no se movió hasta que desapareció por las escaleras en dirección a la calle.
-¿Qué quería esa vieja? -preguntó la enfermera.
-Que la ayudáramos a echar de su casa a un fantasma.
-¿Y qué le has dicho?
-Que trate de llevarse bien con él -respondió el celador con naturalidad.
-Has hecho lo correcto, así no volverá a molestarnos.
-Bueno, mi turno ha terminado y voy a cambiarme -dijo el hombre sonriendo a la vez que se frotaba las manos.
-¿Vas a pasar por la cafetería?
-No quiero entretenerme porque hace una noche muy mala y en casa es donde mejor se está. Además, cuando me retraso, Elvira se enfada.
-¿Tu mujer?
-No, mi fantasma.
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